lunes, 23 de septiembre de 2019

La sombra de la araña V. Siete. Eloísa e Ibraxem


Siete. Eloísa e Ibraxem.

Tras escuchar la historia del dios, Eloísa y su esposo se retiraron, dejando tan solo al verdugo en la mazmorra, con órdenes de esperarles. Aunque sus aposentos se encontraban mucho más arriba en el castillo, caminaron en silencio hasta ellos. Una vez allí, se sentaron en un par de sillas que decoraban la estancia, alejadas de la cama con dosel, para decidir cuál sería su próximo paso.
—¿Tú le crees? —preguntó la mujer.
—Sí. Por desgracia sí. Podemos torturarle para ver si cambia la versión pero me gustaría ofrecerle una posible alianza. Al fin y al cabo, su mundo ha sido conquistado y sus hermanos viven en jaulas. Quizás podamos ayudarnos mutuamente a acabar con la amenaza de esos seres del vacío. Lo que nos ha contado cuadra perfectamente con lo que sabemos, con esas oleadas de atacantes, con su deseo voraz de expansión y de acabar con toda vida o devorarla.
—Pero también es un embaucador. Yo creo que sin problemas podría engañar a las máquinas o a los sueros que los humanos utilizan para saber si alguien está diciendo la verdad o sonsacársela.
Ibraxem se dio cuenta de que su mujer estaba preocupada, así que se levantó y se colocó a su espalda, apoyando sendas manos en sus tensos hombros y comenzó a masajearlos con suavidad.
—Hmmm, me conoces muy bien —le agradeció ella—. Sabes que estoy pensando en los aomas de ese báculo que hemos perdido, en que lo necesitamos para que yo pueda ser la reina y salvar a los nuestros, ¿verdad?
Él sonrió y depositó un beso en sus cabellos mientras continuaba intentando aliviar su tensión.
—El tiempo corre en nuestra contra —continuó Eloísa—. Necesito ese báculo. Se me ocurre la opción de ir al plano del dios, al lugar donde lo capturaste, e intentar abrir un portal que siga el rastro de su magia. Pero si lo abro en una habitación demasiado pequeña…
—Sabes que me ofrezco voluntario para cruzarlo.
—Y yo que jamás te expondría al peligro de un modo tan estúpido. Quizás tenga una idea mejor, ¿y si le pedimos que nos envié a varios de nosotros a ese plano?
—Podría enviarnos al vacío o al interior de una estrella.
—No si logramos que nos necesite y lo asesinamos si no volvemos. Es un cobarde, ¿no? De los suyos, es uno de los que huyeron en vez de pelear. Quizá haya que mostrarle lo que nuestro verdugo puede hacerle, para que reconsidere engañarnos. O, si no, que haga funcionar el portal del planeta donde lo capturamos para llevarnos directamente al que llaman III.


Una hora después, la pareja estaba de nuevo en la mazmorra, hablando con un dios lleno de cortes y magulladuras. El verdugo había tenido cuidado de no dañarle nada que necesitara de magia para curarse o regenerarse.
—¿Nos llevarás entonces a ese mundo?
—No puedo llevaros. Mi raza no puede hacerlo.
—¿Qué no? No será la primera vez que os hemos visto lanzar un báculo lejos, por no hablar de la vez que la diosa desterró y envió a todos los míos a este planeta para que muriéramos —remarcó Eloísa lo evidente.
El dios, pese al dolor que sentía, logró darse cuenta de algo: los ashlae creían que ellos tenían ese poder.
—Creo que aquí hay un malentendido. Podemos enviar a nuestros báculos, porque son como extensiones de nuestra alma. No podemos enviar de manera aislada nada que no esté vivo. En cuanto a viajar nosotros, solo si reunimos una gran cantidad de magia, una excesivamente cara. Por eso hicimos los portales de piedra, para amplificar el poder que se necesita para el viaje, a modo de estaciones que nos permitieran pasar a todos, de manera masiva, y sin más coste que el del mantenimiento del portal. Coste que se paga desde nuestro planeta natal, donde aprendimos a usar la radiación de la estrella para alimentar una red de portales. En cuanto a lo que hizo mi hermana con los tuyos, fue gracias al poder que le daba la fe de todos sus seguidores y ella misma acabó, por decirlo de algún modo, muriendo en el proceso. Su báculo, el que me envió, tan solo tenía la gema central, la más grande y la que lo conectaba directamente a su alma. El resto de las gemas se dispersaron, perdidas, igual que la esencia de la diosa que acabó rociando el planeta Tierra. Un precio demasiado grande para mandar a alguien a otro lugar. Y antes de que consideréis que a vosotros os merece la pena, ni tengo conmigo mi báculo para usar su poder, ni me queda suficiente fe de mi último pueblo como para poder hacer semejante hazaña.
—Entonces llévanos a III a través del portal que hay en el mundo donde te capturamos. Están conectados, ¿no?
—Sí. Pero ese portal está roto. Su estructura física, en concreto. Yo mismo lo destrocé cuando lo crucé, para evitar que me siguieran.
—¿Puedes o sabes arreglarlo?
—No. Ni puedo ni sé, ya que en mi mundo yo no era uno de los que habían estudiado para crear o reparar esas puertas.
Eloísa pensó que por desgracia tenía sentido. Serían como ingenieros que mezclarían ciencia con magia. No estaría al alcance de cualquiera.
—Volvamos a empezar entonces —tomo la palabra Ibraxem con seriedad—. Dices que ese planeta está directamente conectado con vuestro mundo natal, ¿no?
—Sí.
—Perfecto. Este también. Háblanos de esa especie de estación central donde tenéis los portales a los cinco mundos. Porque imagino que, por motivos logísticos, estarán concentrados en una misma estación, ¿no?
—Así es. Es un espacio al aire libre, como casi todas las construcciones que requieren de la radiación ambiental. Son varios cientos de metros cuadrados, dejando sitio suficiente para organizar el tránsito de pasajeros. Antes de abandonar mi planeta, había controles de acceso a la zona y áreas de descanso, estas últimas bajo tierra.
—¿Puedes dibujar un mapa si te suelto una mano y te curamos los huesos rotos de los dedos?
—Sí.
—Perfecto. Entonces vamos a ir a por tu báculo a través de tu mundo natal y, considerando que tus hermanos están presos, te convendría ayudarnos. Podríamos ayudarte a ti a liberar a tu mundo, podríamos devolvéroslo, pero siempre y cuando no intentarais volver a conquistarnos ni a nosotros ni a la Tierra.
Lo miró a los ojos. El dios no parecía fiarse de sus palabras, algo comprensible considerando que era un embaucador y podía ser que esperara un comportamiento similar de los demás. No obstante, Ibraxem se dio cuenta de dos cosas:
1-    Como cobarde que era, le gustaba aliarse con los fuertes. Las pieles que habían portado en batalla le probaban que ellos podían acabar con las criaturas del vacío.
2-    La idea de recuperar su mundo, de liberar a los suyos, le parecía de lo más tentadora.
—Dime —continuó—. ¿Cómo se va desde la estación en el planeta al que huiste hasta la cámara donde está el báculo?

jueves, 22 de agosto de 2019

La sombra de la araña V. Seis. La historia del Embaucador


Seis. La historia del Embaucador tal y como Eloísa la recopiló para transmitirla a su gente.

Shsssszeraaa era un planeta peculiar. Ubicado en un sistema estelar binario, su órbita giraba alrededor de una enana roja, lo suficientemente alejado como para que la temperatura diurna en el largo invierno no sobrepasara los once grados centígrados. Sin embargo, su sol, esa enana roja, tenía una compañera: una estrella de neutrones, lo que quedaba de una estrella gigante supermasiva que había explotado mucho antes de que en Shsssszeraaa se desarrollara la vida.
Las dos estrellas tenían sus propias órbitas elípticas alrededor de un centro de gravedad común y tardaban unos veinticinco años terrestres en completarlas. Cuando las dos estrellas se acercaban, Shsssszeraaa, el único planeta de ese sistema binario, se veía expuesto a las altas radiaciones electromagnéticas que procedían de la estrella de neutrones. A veces, si estaba orbitando a su sol de tal manera que este no se interpusiera entre Shsssszeraaa y la estrella de neutrones, la radiación que recibía era tan alta y duraba tanto tiempo que la vida, que se había enterrado para sobrevivir, tenía problemas para aguantar una hibernación tan severa. A ese periodo se lo conocía como el largo verano.
Sin embargo, había otros seres en el planeta unos que permanecían inertes, como si fueran rocas, en los años que duraba el largo invierno durante el cual el planeta estaba alejado de la estrella de neutrones, que despertaban y sentían un ansia infinita de alimentarse y recuperar todo ese tiempo perdido. El corto verano era el momento en el cual su biología les urgía a crecer y reproducirse. Los otros habitantes del planeta, los que cientos de miles de años más tarde la humanidad llamaría dioses, eran su plato favorito.
En un principio, los dioses eran seres humanoides que surgieron como el resto de la flora y la fauna del planeta, evolucionando a partir de una primera semilla de vida unicelular. En su calendario, había dos tipos de estaciones: las cortas y las largas. Las primeras se referían a la órbita de su planeta alrededor de su sol, las segundas a la que este hacía, acercándole y alejándole de la estrella de neutrones. Cuando llegaba el largo verano, todas las criaturas que los dioses conocían tenían que ponerse a resguardo si no querían morir. Normalmente, todos los seres del planeta desarrollan caparazones, dentro de los cuales meterse en el largo verano. Si eran animales, también apéndices especializados para excavar en el suelo y, así, poder introducirse en el subsuelo. Las plantas, sin embargo, tenían el caparazón unido a sus raíces, enterrado, luego se limitaban a retirarse dentro de este, como un caracol en su concha. Los dioses se parecían bastante a los seres del plano a donde Victoria había ido a buscar el báculo de la diosa; no obstante, sería más adecuado decir que el Embaucador, cuando llegó allí y estableció su culto, comenzó a modelar a los niños nativos para que, al ir creciendo, fueran más de su imagen y semejanza. Esto no era algo que todos los dioses pudieran hacer, pero sí el que falsamente se hacía llamar el señor de la muerte.
Conforme avanzaba la evolución en el planeta, los dioses, única raza inteligente que salía a la superficie en el largo invierno, fueron evolucionando. Lograron desarrollar una tecnología avanzada, la cual se basaba en lo que Victoria llamaría magia pero que, en realidad, era algo innato a ellos por las características especiales de su planeta, orbitando a un sol que compartía sistema con una estrella de neutrones. Para ellos, hibernar durante los largos veranos comenzó a ser algo innecesario ya que comenzaron a construir grandes ciudades subterráneas. Intentaron también poner sensores en la superficie, para saber cuándo la radiación dejaba de ser letal para ellos y podían volver a salir, sin embargo, no encontraban el modo de que estos soportaran las condiciones hostiles sin romperse. Por eso, no sabían nada de esos seres que compartían con ellos el planeta, esos que despertaban de su hibernación cuando llegaba el largo verano. Para ellos no eran más que rocas, a las cuales más de una vez habían asesinado sin darse cuenta. Conforme pasaba el tiempo, los dioses cada vez excavaban más en las profundidades de Shsssszeraaa, creando grandes megalopolises subterráneas. Un día, llegaron a una capa de plomo de grosor considerable y, tras de ella, descubrieron una gigantesca veta de un raro metal radiactivo, uno que en la Tierra no existía y tan solo se imaginaba su existencia en la tabla periódica. Ese metal en pequeñas cantidades estaba desperdigado formando parte de la composición de alguna de las rocas de la superficie. La capa de plomo que aislaba su radiación del resto del planeta quedó entonces rota y, además, los dioses comenzaron a sacar el metal y llevarlo a la superficie, como hacían con todo lo que encontraban al horadar el terreno. Eso fue lo que les despertó, aunque todavía no hubiera acabado el largo invierno. La radiación de ese metal, de algún modo, potenciaba la que venía por el espacio de la lejana estrella de neutrones. En esos otros seres que poblaban el planeta, esos que  nosotros, los ashlae, llamamos seres del vacío, ese metal radiactivo actuaba como un catalizador biológico que los activaba, los despertaba aunque no hubiera llegado el largo verano.
Así pues, despertaron. Eran animales que parecían rocas, que los dioses alguna vez habían matado al tomarlos por tales pero desechado como posible material de construcción ya que su tecnología, basada en su magia, no interactuaba con ellos. Al principio, no fueron demasiados los que salieron de su hibernación, tan solo los cercanos a los escombros que los dioses sacaban de las entrañas del planeta. Cuando despertaron, hicieron lo que hacían siempre: abalanzarse sobre cualquier ser vivo disponible para devorarlo en un intento vano de saciar su hambre, esa hambre voraz que llevaban tantos años sintiendo. También, si tenían suerte, incluso lograban reproducirse, algo que hacían por mitosis dividiéndose en dos. Cuando llegaba el largo verano, muchos de ellos, los que no conseguían despertar lo suficientemente rápido como para cazar a los últimos regazados en hibernar, ya fueran plantas o animales, acaban muriendo en el invierno siguiente tras que sus células, hambrientas, se devoraran a sí mismas. Tantos siglos, tantos milenios pasando hambre, que la necesidad de alimentarse de manera inmediata e insaciable estaba escrita en su código genético. Por eso, al despertarse, las criaturas se abalanzaron contra las plantas y animales que allí había y, cuando llegó un nuevo cargamento de mineral, sus transportistas fueron sorprendidos por unos seres que se parecían sospechosamente a esas rocas oscuras que no servían para nada y, por otra parte, eran totalmente diferentes, con una forma que parecía cambiar cada vez que la mirabas y que, a veces, presentaba uñas, colmillos, garras y una maraña de grueso y punzante pelo oscuro. Aterrados, pues nunca habían visto algo así, intentaron sacar sus armas. Solo uno lo logró antes de que le arrancaran el brazo de un mordisco. El proyectil que disparó, un rayo de energía que los samuae calificarían de mágico, no le hizo nada a la criatura. Un dolor agónico, acompañado de la certeza de que le iban a devorar vivo como ya estaban haciendo con sus compañeros, fue lo último que sintió el dios. Y los seres del vacío, que habían comido lo suficiente como para reproducirse, así lo hicieron. Cuando llegó una patrulla a averiguar qué ocurría allí, por qué los vigilantes no contestaban y los últimos transportistas no habían vuelto, se encontraron con el doble de esos seres. Apenas tuvieron tiempo de avisar a los suyos antes de morir. Mientras tanto, el metal radiactivo seguía descomponiéndose, llegando sus partículas emitidas cada vez más lejos, despertando a más criaturas las cuales descubrían que había más comida de la que jamás hubieran soñado. Era como el paraíso pero ellos no podían parar de comer, jamás estarían saciados.
Así empezó la guerra, una que duró siglos. Los dioses, que habían comenzado a investigar una tecnología de portales que les llevaría a otros planetas, unos sin largos veranos, se centraron en perfeccionarla. Los seres del vacío eran primitivos, poco inteligentes y se reproducían a velocidades aterradoras. Sin embargo, lo peor era su inmunidad a la tecnología de los dioses, lo que nosotros llamamos magia. Cuando llegó el largo verano y los dioses se vieron forzados a abandonar la superficie, tuvieron que pelear para defender las entradas a sus ciudades subterráneas. La zona donde estaba la veta del mineral cayó rápidamente en manos enemigas. Desesperados, cuando llegó el largo invierno y esos seres continuaban allí, despiertos, se dieron cuenta de que era ese metal el que los mantenía activos. También de que estaban perdiendo. Por eso probaron la nueva tecnología de portales antes de poder pasarle las últimas pruebas de seguridad. Tuvieron suerte, funcionó bien. Muchos dioses huyeron a otros mundos, para colonizarlos y quedarse allí. Como si de estaciones de tren se trataran, crearon cinco mundos de tránsito, cinco planetas con portales a otros lugares más lejanos. Algunos de estos mundos estaban en otras galaxias. Los seres del vacío no estuvieron ociosos ese tiempo. Eran animales, sí, pero animales que de repente estaban muy bien alimentados. Así que, con el paso de las décadas, desarrollaron su inteligencia, aprendieron a no repetir sus errores. Los dioses, que cada vez tenían menos ciudades resistiendo en Shsssszeraaa, la más importante de ellas la que tenía la estación de tránsito a los demás planetas, decidieron hacer algo desesperado. Con su tecnología, atrajeron a un planeta errante que iba a pasar cerca su sistema solar, para que se estrellara contra el continente más grande del planeta, uno que estaba totalmente habitado y controlado por sus enemigos, con sus ciudades subterráneas devastadas. Sin embargo, no salió como esperaban. El planeta, se estrelló, sí; pero no fue el final de los seres del vacío sino el desencadenante que provocó que todos los dioses, excepto aquellos pocos que lograron escapar, fueran esclavizados. El Embaucador no estaba en Shsssszeraaa, había sido de los primeros en huir a uno de los cinco nuevos planetas colonizados.
Básicamente, el planeta errante, de tamaño tan pequeño que podría ser considerado un asteroide, se incendió en cuando entro en la atmósfera. Lo que quedó de él abrió un cráter gigantesco al impactar contra una de las mayores acumulaciones de los seres del vacío en ese continente. Al mismo tiempo, provocó terremotos, maremotos, y una gran nube de polvo y restos que acabo cubriendo todo el cielo del planeta.
Los dioses, que estaban refugiados en sus ciudades subterráneas bajo otros continentes, no sufrieron demasiadas bajas. Para sus enemigos fue casi mortal. Sin embargo, aquellos que sobrevivieron se vieron fortalecidos con una energía como jamás la habían experimentado antes. Dio la casualidad, o la mala suerte, de que ese planeta errante tenía en su interior una ingente cantidad del metal radiactivo que los activaba. Estaban en medio de largo verano, sin embargo, habría dado igual que no hubiera sido así ya que este metal se había repartido por toda la atmósfera, potenciando cualquier radiación que les llegara de la estrella de neutrones.
Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, los dioses se dividieron en dos facciones. Una de ellas, abogaba por abandonar su planeta natal y refugiarse en los mundos que habían conquistado. Otra, la mayoritaria, quería defender su planeta a todo coste a través de los portales, que estaban en sus ciudades subterráneas, pidieron refuerzos y vaciaron los mundos que gobernaban para acudir a la guerra. La perdieron. Fueron esclavizados y obligados a operar los portales para sus enemigos. Estos, que hacía mucho que habían descubierto que los dioses eran mucho más nutritivos que el resto de habitantes de Shsssszeraaa, los trataron como a animales, sacrificando para alimento a los más ancianos o aquellos que eran menos útiles, absorbiendo su magia. Fue entonces cuando la diosa peleó en la tierra en un intento de conseguir que sus habitantes fueran parte de un ejército que pensaba utilizar para su propio beneficio. Ella y el Embaucador pertenecían a la facción que quiso olvida su planeta natal y expandirse por los mundos. El Embaucador huyó del planeta portal en el cual se había refugiado en cuanto los seres del vacío entraron por uno de sus portales a conquistarlo. Se fue a otro planeta, solo, pues sus conocidos querían pelear, y rompió el portal tras cruzarlo. La diosa, por su parte, quería utilizar la Tierra como una base de operaciones. Sin embargo, la última reina Astaquin logró poner fin a sus maquinaciones.
Ahora mismo, hermanas y hermanos ashlae, la mayoría de los mundos están bajo el control de los seres del vacío, los cuales utilizan a los dioses para operar los portales. De los cinco los mundos de tránsito, uno logró romper el portal por el que venía la invasión y su galaxia quedó aislada. Parece que los dioses, en el estado en el que están, no son capaces de abrir nuevos portales, que aquellos que tenían ese conocimiento murieron o se suicidaron. De los cuatro restantes, solo se resiste el nuestro, el planeta donde la diosa nos desterró para que nos extinguiéramos. Nuestra resistencia, nuestro coraje, es lo único que evita que los siete mundos que dependen de nuestro planeta sean invadidos y devorados por los seres del vacío. Uno de ellos es nuestro planeta madre: la Tierra.

miércoles, 21 de agosto de 2019

La sombra de la araña V. Cinco


Cinco. Eloísa e Ibraxem.
Mientras Victoria velaba el sueño de su esposo, los padres de este estaban interrogando al dios capturado. El supuesto Embaucador estaba en una de las mazmorras del castillo de la matrona, encadenado mediante grilletes grabados con runas capaces de impedirle utilizar su magia. Eloísa, a quien no le gustaba dejar las cosas a medias, se había encargado en persona de supervisar al maestro armero mientras este las grababa, así como de asegurarse de que el dios estaría sujeto a la pared por cuello, muñecas, cintura y piernas. Con un ser así, cualquier precaución era poca. En cuanto a las runas, eran cosa de hombres. Por más que a ella le hubiera gustado aprenderlas, era un tipo de magia que les estaba vetadas a las hechiceras.
En esos momentos, uno de los soldados de Ibraxem estaba cerca del preso, con una amplia variedad de herramientas de tortura dispuestas en una mesa a su lado. Sin embargo, el Embaucador no parecía tener ganas de que las utilizaran, pues comenzó a hablar incluso antes de que le preguntaran nada.
—No necesitáis todo eso. —Señaló hacia la mesa moviendo la cabeza lo poco que le permitía la argolla que la tenía sujeta directamente a las losas de la pared—. Me habéis capturado, estoy dispuesto a contaros lo que queráis saber.
—¿Y voy a fiarme de un embaucador? —le contestó Ibraxem con ironía.
—¿Y crees que por infringirme dolor, si quisiera mentirte, iba a dejar de hacerlo?
—Si rompo tu voluntad mediante el dolor, me dirás la verdad porque es lo que deseo. No obstante, habla: ¿dónde está el báculo?
—A salvo. En uno de los planetas en los que yo he residido desde que hui del mío natal.
—Dame la ubicación.
—Sin problemas. Pero no te recomiendo ir: era uno de los mundos de paso, como aquel donde os encerró mi hermana, y está totalmente conquistado por los otros.
—¿Los otros? ¿Te refieres a las bestias cuyas pieles yo y los míos portábamos en batalla?
—Sí.
—Ubicación.
—¿Pueden los tuyos leer la mente? Es el único modo que se me ocurre de dártela, pues no tengo coordenadas ni distancia en años estelares a este planeta.
—No, no pueden. ¿Así que por eso tu disposición a hablar? ¿Porque  no puedes decirnos dónde está?
—Puedo deciros que era uno de los cinco planetas que creamos para expandirnos, uno de los cinco con un portal directo a nuestro mundo y a muchos otros mundos. Como si se tratara de un árbol, nuestro planeta era el tronco, el corazón, y cada planeta portal una de las ramas. Tú planeta es aquel que hace de portal a la galaxia de la Tierra. El mundo donde me capturaste es uno de los siete mundos a los que se puede acceder desde el planeta donde he mandado mi báculo. A ese mundo lo llamamos III ya que fue el tercero que colonizamos y ni siquiera está en vuestra Vía Láctea. Envié mi báculo a un sótano del palacio donde yo vivía. Era una sala secreta; cuando hui, no había sido descubierta y confío en que siga así. Si te cuento todo esto es para que comprendas que aunque abráis una puerta a ese planeta, estará lleno de vuestros enemigos. Es inútil que lo intentéis.
—Puedo abrirlo directamente a esa sala —intervino Eloísa.
—Una sala del tamaño de una caja fuerte humana, pues la usaba para guardar mis bienes más valiosos.
La matrona guardó silencio. Sabía que si mandaba a alguien en medio de una pared, lo mataría. El Embaucador podría estar mintiendo pero veía más probable que les estuviera contando la verdad ya que, si esta era así, ciertamente iba a ser complicado recuperar el báculo. Se le ocurrió algo:
—Dedo derecho —dijo a la vez que extendía su mano. «Corazón» le gustaba más, pero eso mataría al dios si funcionaba. Sin embargo, para desagrado suyo, aún sin acceso a su magia el dios estaba protegido contra la de la hechicera.
—Imagino entonces, que si no he podido separar tu dedo de tu mano, ir a ese planeta y convocar a tu báculo tampoco funcionaría. Esos bastones están de algún modo unidos a vosotros, ¿verdad?
—Así es —sonrió el dios pues sabía que había ganado, que lo había puesto a salvo—. Se nos dan al nacer mediante una ceremonia. Nuestra alma está en sus gemas.
—¿Al nacer? —preguntó Ibraxem—. ¿Cuántos sois? ¿De dónde sacáis las gemas para esos bastones?
—No te emociones, esas gemas solo existen en nuestro planeta, por las condiciones especiales de los dos soles a las que orbita. No sé si mis hermanos que huyeron habrán tenido hijos. Somos inmortales gracias a nuestros báculos, así que si los han tenido, los habrán visto morir.
—¿Qué condiciones de vuestros soles?
—Uno es una estrella de neutrones.
 Ibraxem no supo si creerle. Esa radiación debería impedir la vida y aniquilarla, al menos la vida como ellos la conocían.
—¿Y por qué huisteis de vuestro planeta?
El dios se echó a reír con una risa amarga.
—¿No es evidente? No éramos los únicos habitantes del planeta. Los otros se manifestaron, nos atraparon para alimentarse de nosotros, nos codiciaron como a ganado.

Nota:
He cambiado en el capítulo 2 a dónde envía el dios el báculo. Queda así:
El dios, con las últimas fuerzas que le quedaban tras curarse, podría haber intentado hacer algo pero era, y siempre había sido, un cobarde. Por eso las gastó no en pelear sino en enviar su arma lejos, a un plano donde confiaba en que estuviera seguro.

Estos capítulos están todavía en fase de borrador.

lunes, 19 de agosto de 2019

La sombra de la araña V. Cuatro. Carla


CUATRO. Carla.

A los ojos de Carla, la nave de la catedral era magnífica, los que allí se reunían, impresionantes, y Gabriel, tan regio que de mirarlo a ella le parecía que le faltara el aliento.
La joven se encontraba dentro de una catedral gótica de elevados arbotantes que sujetaban el peso de una estructura que, con sus bóvedas de crucería y sus pináculos, parecía querer rascar el cielo. En su interior no había nadie que no perteneciera a la iglesia de la Diosa. Carla imaginaba que las influencias de la familia Sefeli habrían logrado vaciar el edificio solo para ellos. De hecho, ni siquiera podía ver a ningún cura cristiano pues, si es que estaban allí, habían sido convertidos y se fundían entre la multitud vestida de blanco que abarrotaba la inmensa estancia. El único elemento discordante eran las estatuas y las pinturas de los muros, pues con sus ángeles y sus santos parecían algo fuera de lugar, representaciones divinas ajenas a la Diosa. Porque todos los que allí se encontraban creían fervientemente en ella, Carla la primera. Cómo no hacerlo, si Ella estaba personificada en el altar, en la persona de Sara. Por eso, Carla había renunciado sin dudarlo a su fe católica para abrazar las creencias que le correspondían como la samuae que era. Su nuevo credo le daba no solo algo en lo que creer sino también el poder de la magia que de la Diosa emanaba.
La chica estaba mezclada con la multitud, de pie delante de uno de los bancos de madera de la segunda fila. Vestía de un blanco tan impecable como el resto de los allí reunidos y llevaba sueltos sus cabellos oscuros. Sus ojos estaban clavados, con admiración, en las figuras del altar: la Diosa, su hermano, su padre y dos de los miembros del consejo samuae. Como primer sacerdote, Gabriel llevaba algo de negro en sus ropas. Por lo que le habían contado, eran runas que indicaban su posición y decoraban los ribetes de sus mangas y de su túnica. Su padre y los miembros del consejo, tanto los dos del altar como los que estaban en la primera fila de bancos, llevaban también alguna adornando sus ropas pero mucho más discretas que las de Gabriel. Sara, en esos momentos, brillaba literalmente con su luz divina y estaba extendiendo la mano sobre la cabeza de su hermano, quien, arrodillado, aguardaba el inmenso honor de ser oficialmente ungido como primer sacerdote. Los dedos de la Diosa, impregnados en un óleo que su mismo toque había vuelto sagrado, se depositaron sobre la cabeza del muchacho y dibujaron la marca que hizo que gran parte de la luz que brillaba en su mano se derramara sobre él, haciéndole resultar aún más impresionante de lo que a Carla ya le parecía. A la joven se le escapó un suspiro de admiración y de reverente asombro; no fue la única. Entonces, transcurridos unos segundos, el resto de sacerdotes se acercaron e inclinaron ante él. Se trataba de los miembros del consejo y de los demás líderes de las familias samuae. Una música de órgano comenzó a sonar, la Diosa se colocó al lado de Gabriel y todos, Carla incluida, se arrodillaron. En esos momentos la joven pudo sentir cómo su conexión con Ella aumentaba. Todos le rezaban y la adoraban. Carla no sabía si quedaba algo de Sara en ella, tan solo que su luz, blanca, parecía acunarla mientras sus ojos no se despegaban de la que hasta hacía poco había sido la hermana de Gabriel.
Pasaron unos minutos y la luz volvió al interior de la Diosa. Todos, menos Ella y el primer sacerdote, tomaron asiento. Entonces empezó de verdad la reunión y a Carla ya no le pareció tan impresionante. Se habló de guerra. De muerte. De destrucción. De la necesidad de atacar con todo sin importar las bajas colaterales. Los ashlae y unos tales «ellos» a los que Carla no conseguía identificar, eran sus enemigos. Para poder vencer, había que atraer a más humanos a la fe verdadera. A la joven no le gustó la violencia implícita en lo que allí se trataba pero, aunque una parte de ella se rebelaba contra la idea de bajas humanas inocentes, otra sabía que la guerra no era algo agradable y que siempre había víctimas. Ella misma estaba dispuesta a luchar y a dar su vida por su Diosa si hiciera falta. En el bosque, con aquella bestia… conoció el auténtico miedo a la muerte. Aprendió también a superarlo. No quería morir pero su vida había cambiado mucho en los últimos meses. Existía la magia. Los dioses eran reales. Su Diosa estaba tan cerca que podría tocarla si se acercara. Ella también prometía un cielo para las almas caídas y, si le faltaba valor para pelear entre sus filas, solo tenía que mirar a Gabriel. Seguía costándole no ruborizarse si él la pillaba pero, sin duda, podía sentir la fuerza que de él emanaba.
Sí, lo de hubiera bajas inocentes no le agradaba en absoluto pero si ella misma estaba dispuesta a ser uno de esos números, tampoco sería tan terrible que lo fueran otros, ¿no?
No se dio cuenta de que su línea moral entre lo que era correcto y lo que no acababa de difuminarse, de la chica que había sido hacía un año habría visto clara la diferencia: los otros no se ofrecían voluntarios ni sabían nada de esa guerra.
—A veces es necesario fingir una tregua con el enemigo para lograr una victoria aplastante —estaba diciendo la Diosa y sus palabras sonaban fuertes y cargadas de poder.
Carla lo entendía. Ella misma a veces se había tragado su orgullo y trabajado con alguien que no le acababa de caer bien para conseguir un objetivo común, sobre todo en el ámbito académico. Eso sería algo parecido.
—Todos y cada uno de vosotros sois piezas clave —continuaba diciéndoles Ella—, mis elegidos. Necesitaré vuestra ayuda para reclutar un ejército humano y para recuperar mi mundo y ayudar a mis hermanos.
Con lo del mundo Carla no tenía muy claro a qué se refería; pero sí que le habían explicado que había otros dioses, aliados de la Diosa. También que «ellos» los retenía presos. La sesión se alargó durante más de una hora. No se dieron instrucciones claras, pero todos los allí presentes parecían estar dispuesto a entregar su vida por Ella. Gabriel quedó consolidado como cabeza de la iglesia y cuando todos los que no eran sacerdotes abandonaron la catedral, estos últimos se quedaron con la Diosa para ultimar los detalles.
En todo momento, mientras Carla la había escuchado hablar de muerte, sacrificio y bajas colaterales, ni un ápice de compasión había asomado al rostro de la Diosa. Era como si la dulce y bondadosa Sara, a quien no le gustaba infringir daño, ya no estuviera allí. Cohabitaban, por supuesto, a Carla se lo habían explicado; pero en ni en Su rostro ni en Sus gestos o palabras parecía quedar ni el más mínimo rastro de la que había llegado a ser amiga de Carla. Sin embargo, Carla estaba cegada por la blanca luz de la Diosa y era incapaz de ver más allá. Cuando abandonó la catedral junto con la mayoría de los allí presentes, lo hizo en paz, tranquila, llena de confianza y seguridad en que hacían lo correcto y en que lo que trajera el mañana sería bueno para todos, seres humanos incluidos.